Lo Hiancia Pez

Pasará la pandemia y vendrán libros, documentales, series, en fin, con las historias de enaltecimiento de médicos y sobrevivientes, los engrandecimientos colectivos, la memoria de los muertos y los deudos, los relatos de cómo algunos líderes y, sobre todo, lideresas políticas del mundo dieron ejemplo acelerado de acciones eficaces o correcciones firmes. De momento, por las peculiaridades terribles del Año I de la Pandemia se antoja apremiante que las primeras revisiones amplias en la mayoría de los países tengan un talante polémico, naturaleza combativa y objetivo de denuncia, pues muchísimas ciudadanías nacionales disputan con buenas razones con las del resto del mundo el primer lugar para sus autoridades por peor desempeño. Del mismo modo, no será raro que los autores de esos textos obtengan una reacción airada de gobiernos y adherentes.

El libro de Laurie Ann Ximénez–Fyvie, mezcla de crónica general, testimonio personal y reproche público, es un ejemplo clarísimo. Es difícil no estar de acuerdo con ella con su dictamen de “gestión criminal de la pandemia en México” si comparamos el momento actual con el “escenario muy catastrófico de 60 mil” muertes por Covid-19, que enunció en su momento como límite remotísimo (muy catastrófico) el subsecretario de prevención y promoción de la salud de la Secretaría de Salud federal que es, como sabemos, el coordinador y vocero principal de las acciones contra la pandemia en México, por tanto, el responsable central del resultado global de la política pública al respecto, a quien se debe recriminar por una gestión a estas alturas, en efecto, muy, muy catastrófica, con casi 180 muertes oficiales.

Ximénez–Fyvie reseña en su libro cómo-llegamos-aquí, la historia del paso del coronavirus por México, y hace recuento de qué debió hacerse, porqué y para qué; por tanto, señala lo que no se hizo y a partir de cuándo ya no fue posible justificar de ningún modo las omisiones. Muestra en nueve capítulos y el prólogo (el epílogo es una reseña personal) lo que a su juicio evidencia la magnitud del crimen que refiere en la portada Un daño irreparable.

Laurie Ann Ximénez–Fyvie.

Recuerda la aparición del coronavirus en China, el tsunami espantoso que fue en Europa y Estados Unidos para arribar finalmente a México. Tres cuartas partes del texto las dedica a las esperanzas de los mexicanos, los errores de la autoridad encarnada por el subsecretario, así como a descubrir porqué las decisiones fueron pésimas, la inclinación a la elusión y el embrollo del principal funcionario de la contingencia, la aparición y escasísima repercusión de las aportaciones o críticas especializadas o no, y de paso señala las torpezas de los ciudadanos y los equívocos de la Organización Mundial de la Salud y otros actores expertos o relevantes que, sin embargo, supieron corregir, a diferencia de nuestro epidemiólogo estrella (asentado en su polo, no se mueve). En suma, la descripción de cómo en menos de un año dejamos una previsión oficial de 6 mil muertos por Covid-19 a un conteo oficial deficiente cuya base hoy es de 180 mil.

Paralelamente, el libro muestra también el trayecto racional y emocional de la autora: como miles de personas, fue de la extrañeza con esperanza a la desesperanzada irritación: el título y subtítulo del libro, el de un capítulo y algunas expresiones por aquí y por allá son muestras de una cólera subrepticia porque teníamos —recuerda Ximénez—Fyvie— todo para enfrentar al coronavirus con mejores resultados que en Italia, España o Nueva York.

Dado el momento en que llegó a México el SARS-CoV-2, tuvimos un “tiempo suficiente” que fue desperdiciado por decisiones tardías o temerarias de la autoridad (algo que la autora se explica por haber basado esas decisiones en criterios políticos más que sanitarios); “conocimientos previos”, justamente la enseñanza de los desaciertos y confusión en la respuesta europea y estadunidense a la pandemia; “un encargado formado adecuadamente para enfrentar el reto” y que terminaría por decepcionar incluso por ciertas expresiones de un atolondramiento y una mendacidad asombrosos; finalmente, “en México, la pandemia parecía avanzar con lentitud” y así nos lo hizo sentir ese encargado en unas conferencias que se han condimentado en gran medida con vaguedades, retórica repetitiva, mentiras y descalificaciones. La autora relata al final su experiencia con el Covid-19 que no la mató a pesar de su esclerosis múltiple.

Muchísimas personas han realizado ese trayecto racional y emocional cuyos hitos han sido la sensación de esperanza informada, luego miedo, decepción, frustración, un creciente enojo y una crítica cada vez más contundente, todo lo cual han descrito los fans y defensores del subsecretario como afanes de polarización, cuando justamente el polo (un polo es inamovible) lo ha constituido el funcionario que se ha negado a escuchar y a modificar una supuesta estrategia con el epítome de la reconversión hospitalaria y el cacareado lema de “más camas”, camas donde la tasa de letalidad ha rondado el 50%.

En Laurie Ann Ximénez–Fyvie ese recorrido personal ha tenido hasta ahora cuatro momentos de los cuales el último es el libro que ahora comentamos, cuya naturaleza, para comprenderlo mejor, es conveniente rastrear en sus orígenes.

El 27 de marzo de 2020 las muertes por Covid-19 en México eran 12; había pasado un mes desde la detección del primer caso y 9 días del primer deceso. El 27 de marzo Laurie Ann Ximénez–Fyvie terminaba —y al día siguiente publicaría en el sitio del Laboratorio de Genética Molecular (LGM) de la UNAM— el artículo que pasó sin pena ni gloria “¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo llegamos aquí? — Reflexiones sobre el desarrollo de una pandemia”, donde advertía de la gravedad de incurrir en deficiencias para enfrentar la pandemia, comentaba los impactos sociales, ponderaba las respuestas de los países y hacía afirmaciones genéricas como éstas:

• “Nadie caerá bien parado después de esto, mucho menos los políticos”

• “Se ha sugerido incluso aludir a las personas nacidas durante esta pandemia como Generación ‘C’ (de Coronavirus), cuyas vidas se verán moldeadas por los acontecimientos”

• “Es claro que, hasta ahora, todos, absolutamente todos los jefes de estado de los países más afectados han cometido los mismos errores”

Qué México no fuera todavía de los “más afectados” explica porqué el texto no mencionaba por nombre o puesto a Hugo López–Gatell, subsecretario federal de Prevención y Promoción de la Salud; tampoco a quien debiera ser el máximo responsable, el fantasmal Secretario de Salud —de cuyo nombre, ¿quién quiere acordarse?—, ni siquiera al presidente de México. Sí aludió al subsecretario —sin nombrarlo— por la que quizás era hasta ese momento su principal sandez: 400 niños contagiados era mejor que 1.

El 5 de mayo de 2020 —día con 236 fallecimientos— Ximénez–Fyvie publicó otro artículo de título inequívoco: “El Fiasco del Siglo: México apuesta a la estrategia equivocada ante la pandemia de COVID-19”. En él ya responsabilizaba con nombre y apellidos al famoso personaje:

—“los esfuerzos emprendidos por las autoridades mexicanas, encabezados por el Dr. Hugo López–Gatell Ramírez […] fueron tardíos e insuficientes”

—“Muchas acciones y declaraciones de Lopez–Gatell han llegado a ser incluso perjudiciales”

—“López–Gatell se equivoca en la aritmética básica”

El artículo fue publicado por un diario nacional y dos días después, el 7 de mayo, en el sitio del LGM en una versión ligeramente distinta, que abría con una cita de Cameron Crowe: “Como alguien dijo una vez, «existe una diferencia entre un fracaso y un fiasco». Un fracaso es sólo la ausencia de éxito. Cualquier tonto puede lograr el fracaso. Pero un fiasco… Un fiasco es un desastre de proporciones míticas. Un fiasco es una leyenda popular que hace a otros sentirse más vivos porque no les sucedió a ellos.” El 7 de mayo terminaba con 257 muertos.

Lo que le pasó a la autora en 40 días, es decir, entre ambos artículos, no fue exclusivo de ella: la alarma de ver crecer las defunciones en 2100% (de 12 a 257) nos ocurrió a gran parte de la población atenta al avance del coronavirus en México y a las acciones del gobierno federal ante el fenómeno. La alarma se agrandó en la medida que el virus y su enfermedad se esparcían y mataban sin que ninguna respuesta en las conferencias de prensa del subsecretario anunciara la contención: fuimos descubriendo el fraude (la verborrea cansina para dorar las píldoras del factor de expansión, el acmé, el aplanamiento y decenas de horas de blablablar), la inexistencia de estrategia, la limitación del funcionario, el desamparo de la sociedad, la torpeza de burócratas y políticos al no enfrentar o de plano amoldarse a los modos y dichos del funcionario consentido del presidente, etcétera, todo lo que ya se ha comentado por todos lados, en casas, medios y redes.

Muchos periodistas buscaron a la autora de los artículos, la entrevistaron por la contundencia de sus argumentos que no impactaron mínimamente en la autoridad sanitaria. Así atestiguamos cómo el subsecretario desatendía sus aportaciones, como lo hacía con las de la ONU, los exsubsecretarios de salud mexicanos, algunas revistas científicas internacionales, varios reportajes nacionales y extranjeros, algunos científicos de distintas disciplinas, entre ellos su profesor Carlos Castillo–Salgado de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health.

En su libro afirma Ximénez–Fyvie acerca del funcionario: “deja claro que su papel es político y no científico”. En efecto, sólo así puede entenderse que López–Gatell con su trayectoria académica “no le teme al desprestigio que su figura ya tiene entre sus pares”.

Ximénez–Fyvie pasó a la acción y formó con médicos y especialistas la agrupación Salvemos Con Ciencia, AC para apoyar a los enfermos de Covid-19, a quienes el subsecretario recomendó desde los inicios de la contingencia que se quedaran en casa a menos que presentaran síntomas graves, condenándolos así a agravamientos irreversibles, mortales, un verdadero crimen (culposo o doloso). Paralelamente, Ximénez–Fyvie cultivó su indignación y, como en los momentos anteriores, escribió, ya no un artículo sino la primera panorámica de la tragedia: Un daño irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México.

Remarquemos: de la reflexión cautelosa y los señalamientos impersonales del primer artículo pasó en el segundo a la alarma por el “fiasco” esperando que el subsecretario corrigiera —como lo hicieron sus pares en Reino Unido y Suecia, donde incluso han pedido disculpas públicas—, hasta llegar a la denuncia expresa en la portada de su libro por la “criminal gestión”: “su incapacidad para rectificar y cambiar de rumbo son lo más imperdonable de todo”, afirma páginas adentro Ximénez–Fyvie.

Visto ese recorrido, no puede atribuirse mala fe a la denuncia, como muchos seguidores del subsecretario han exclamado ante el libro.

La fuente privilegiada de información de la pandemia en México es la conferencia que cada noche ofrece López–Gatell impostando un realismo razonable, al que mayoritariamente en un principio nos agarramos en México creyendo en sus palabras, deseando no alcanzar las escenas de terror vistas en Italia, Nueva York… Pero dejó de ser confiable demasiado pronto por la mezcla de declaraciones nefandas (elíjase, hay para cada gusto), terquedades (que, en lo fundamental, perduran), mentiras, una supuesta nueva masculinidad empática que no obstante dejaba pasar desacreditaciones hasta para los médicos y enfermeros que exigían dignidad en sus trabajos, injurias veladas a los críticos —el insulto más elaborado, extenso y furibundo aunque embozado, cobarde, contra cualquier crítico, lo dirigió a una mujer, la senadora Alejandra Reynoso—, etcétera.

López–Gatell es una personalidad compleja, consentida, protegida y premiada por un presidente ignorante y negligente (orgulloso del sonsonete “estamos domando la pandemia” que ha durado meses, a las imágenes milagrosas que guarda en su cartera). En un artículo publicado el 31 de mayo, analicé la única estrategia activa del subsecretario, una de construcción de hegemonía para instalar la narrativa oficial, y en la que supo articular sus “singularidades profesionales e individuales […] con los escenarios y técnica comunicativa de la 4T, para alcanzar el «objetivo fundamental»” que era evitar un escenario catastrófico concentrado en un lapso breve, pero de ninguna manera contener la pandemia convencido de los beneficios de su versión torpe de “inmunidad de rebaño”; ese objetivo lo logró: diluyó la hecatombe a lo largo de meses, aunque le falló crasamente el cálculo de los sacrificados por su estrategia “definida para toda la pandemia”, como enfatizó el 11 de abril de 2020. Para sostenerla requería de hacer fructificar —dice Ximénez–Fyvie en su libro— “la semilla de la falsa narrativa”, es decir, “la inevitabilidad de los acontecimientos que vendrían”, lo que yo denominé en el artículo mencionado “el fatalismo cientificista de López–Gatell”.

Las fórmulas ya muy conocidas de López–Gatell son vaguedades retóricas eficaces en la persona y el profesional que es el funcionario: las correctas maneras de conducta superficial para proyectar una decencia y apertura en el científico graduado en la prestigiosísima escuela Johns Hopkins, garantizaban que no podría mentir, menos al amparo de expresiones como “hay evidencia científica”, “no existe evidencia empírica”, etc. Hacerlo, sería mala fe, dolo.

Pero ha mentido y ocultado (por mencionar un ejemplo, sigue sin aparecer la fórmula de cálculo del “factor de expansión” del Modelo Centinela) cobijándose por esas expresiones para sustentar decisiones, acciones u omisiones de gobierno, afectando la vida de millones de personas. Su delito es inconmensurable, un crimen que debe investigarse, juzgarse y castigarse penalmente. El libro de Ximénez–Fyvie es un primer paso que, no obstante la fuerza y llaneza de su exposición, acusa tibieza: “jamás he pensado que haya dolo detrás de las acciones de López–Gatell”. Ojalá que llegada la posibilidad de un juicio contra el personaje, no dude en contribuir.

Mala fe. Un ejemplo —entre centenas— sucedido en la conferencia de prensa vespertina del miércoles 3 de febrero. Hugo López-Gatell destacó: “otro dato importante es el que resulta mucho más esperanzador y es que se redujo la mortalidad, llegamos a tener máximos de mortalidad diaria muy lamentables, de cerca de mil 200 pérdidas de vidas por día y en este momento estamos teniendo en promedio 460 o 465 por día, es decir, es una reducción sustancial, más del 60 por ciento y eso es importante tenerlo presente cuando apreciamos cuál es la intensidad de la epidemia”.

Apegado al mantra avieso de ‘¡miente, que algo queda!’ del que es afectísimo seguidor, el funcionario responsable de la no–estrategia contra la pandemia en México no ignoraba que “en este momento” no estábamos “teniendo en promedio 460 o 465” muertes diarias —registradas oficialmente, se entiende—. Ese 3 de febrero la cifra oficial de defunciones registradas era de 1707, apenas 96 menos que el día con más muertos de 2021, el 21 de enero con 1803.

Esas 1707 muertes incluso promediándolas con los fallecimientos por Covid-19 de los tres días anteriores que fueron de 462 el domingo 31 de enero, 564 el lunes 1 de febrero y 433 el martes 2, no daban en “promedio 460 o 465”, sino 791. Y aún comparando las “mil 200 pérdida de vidas por día” con la cifra más baja de esos tres días (433), su “reducción sustancial” no era de “más del 60 por ciento” sino de menos, 56%. (Aquí resuena la afirmación de Ximénez–Fyvie en su segundo artículo: “López–Gatell se equivoca en la aritmética básica”.)

Pero al mencionar que “llegamos a tener máximos de mortalidad diaria muy lamentables, de cerca de mil 200 pérdidas de vidas por día”, tuvo que referirse —sin aclararlo— a mediados de enero, cuando justamente los días 15 y 16 la cifra de muertes fue, respectivamente, de 1106 y 1219. En cambio, los números de los siete días previos al 3 de febrero de su afirmación “mucho más esperanzadora”, eran bastante mayores: 1495 el 30 de enero, 1434 el 29, 1506 el 28, 1623 el 27 y 1743 el 26.

El promedio de los 7 días anteriores al 3 de febrero era de 1086, así que el “promedio” de la “reducción sustancial” al que se refería López-Gatell debía ser otro… Por ejemplo, el promedio sólo de los tres días de las cifras más bajas, pero ni así se alcanza sus “460 o 465”: las suma de 462 + 564 + 433 entre 3 es igual a 486. Los defensores del personaje dirán que eso no es una mentira sino una inexactitud, una exageración al calor de la conferencia de prensa. Si aceptáramos una sugerencia tal, sería una actitud de falta de rigor, de ligereza inadmisible en el principal funcionario de salud contra la pandemia (un científico, doctor en… bah) que dada la gravedad de ésta, debería anteponer la precisión.

Su declaración del 3 de febrero fue, como en tantas otras ocasiones, una trampa además porque el doctor en epidemiología sabe que esos tres días de la semana no son referenciales pues los fines de semana suelen ser bajos los cómputos. Quería presumir “una reducción sustancial, más del 60 por ciento” y lo tenía que hacer antes de que la estadística comenzara a crecer como cada semana, lo que haría “apreciar” no de manera distinta “la intensidad de la pandemia” sino de la misma manera, como un fracaso sostenido. Y así fue: el 4 de febrero hubo 1682 fallecimientos, el 5, 1368… pero sobre todo, el mismo día de su declaración: 1707.

Desmontar los engaños, enredos y chapucerías a los que recurre el personaje ya es sencillo porque son repetitivas, pero enfadoso. La citada y simple declaración del 3 de febrero nos llevó algunos párrafos, otras declaraciones y acciones requieren de un análisis de varias páginas y una inversión de tiempo de días o semanas. A la gestión de la pandemia en su conjunto, Ximénez–Fyvie dedicó 264 páginas y meses de seguimiento, y en una causa penal requeriría de miles de folios para un equipo amplio de investigadores abocados a ello más que meses, años.

El objetivo de López-Gatell es engañar a los incautos, enredar a los confiados, fastidiar a los afanados y dar directrices propagandísticas a los adeptos: “se redujo la mortalidad”, “reducción sustancial”, son declaraciones del funcionario a cargo, es decir, respaldados por la autoridad, expuestos por el científico “de primera”, en palabras del presidente de México. Eso no las convierte en verdaderas.

Hugo López-Gatell.

Hablando de nivel científico, conviene recordar que Laurie Ann Ximénez–Fyvie es doctora en Ciencias Médicas por la Universidad de Harvard, jefa del Laboratorio de Genética Molecular de la UNAM e investigadora de microbiología. A políticos acostumbrados a la desacreditación ruin como Antonio Attolini les parece buena idea desprestigiar la crítica de Ximénez–Fyvie por ser licenciada en odontología con especialidad en cirugía dental. En cambio, la seriedad del análisis y la honestidad en la argumentación de su libro, delimitadores que ya se encontraban en sus primeros artículos —y la iniciativa colectiva en que participa, Salvemos Con Ciencia—, demuestran que a diferencia del subsecretario y del gesticulador y estridente militante de Morena, su objetivo ha sido salvar vidas durante la pandemia —y en ello, deleita saber que al principio fue un poeta, al que no conocía, quien supo impulsarla con la sencillez de un retuit, como lo explica y agradece en el prólogo la autora.

Comentarios de Facebook