Eduardo Guevara

El estudio de las epidemias ocurridas en siglos pasados podría apoyar a la población a determinar su conducta ante procesos de mortalidad masiva, a la vez de invitarla a reflexionar epistemológica y científicamente para favorecer la investigación.

Y, –en un plano de conciencia individual y social– fortalecer el comportamiento cotidiano, sobre todo con miras a la conservación de la salud física y mental, aseguró el doctor Mario Mandujano Valdés, profesor de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).  

Al impartir la conferencia Las pandemias en la antigüedad consideró que a lo largo de la historia los grandes asesinos han sido la lepra, la tuberculosis, el tifo y la fiebre amarilla, aunque también destacan la viruela, que mató a más de 300 millones de personas; el sarampión, que dejó más de 200 millones de víctimas; la influenza española, a entre 50 y 100 millones, y la peste negra a más de 75 millones.

Los contagios de los últimos tiempos han renovado el interés por estudiar los casos precedentes y hacer comparaciones, en especial con la peste negra de mediados del siglo XIV que asoló Europa y Asia.

Ganándose la denominación de madre de todas las epidemias, por su carácter devastador y porque el mundo ya no fue el mismo desde entonces, al grado de que se llegó a pensar que era el fin de la humanidad.

En el marco del Tercer ciclo de conferencias virtuales: Aportes de expertos invitados del Departamento de Atención a la Salud en el contexto de la pandemia por COVID-19 explicó que la igualmente llamada peste bubónica alcanzó su punto máximo en 1347 –al acabar con la tercera parte de la población conocida en Europa y Asia– proveniente de las estepas asiáticas y propagada por vía marítima, desde el Mar Egeo.

Algunas consecuencias fueron la desarticulación del tejido social, la pérdida del ritual funerario y la buena muerte, provocando, por ejemplo, que el Papa otorgara el perdón completo de los pecados a quienes fallecían sin extremaunción.

Además, las causas divinas fueron las más socorridas para explicar las razones del fenómeno, y se privilegió “el aquí y el ahora”, por lo que la gente –incluidos algunos religiosos– procuró la diversión, el placer y la fiesta ante la idea de que el mundo se acabaría.

El especialista citó la hipótesis de que la peste fue el detonador o promotor del surgimiento del Renacimiento, sin embargo, ya había condiciones de crisis desde tiempo atrás que explotaron con la enfermedad, como muestra el abandono de campos y granjas por parte de los vasallos en busca de mejor paga.

“El siervo atado a una tierra por generaciones estaba llegando a su fin y entonces aparecieron el arrendatario y el trabajador asalariado, por lo que subieron mucho los precios de la mano de obra y todos los nobles pidieron al rey que reglamentara las cosas, pero en todo ese jaloneo brotaron rebeliones en diversas ciudades y artesanos y obreros fueron reprimidos años después, aunque el daño al sistema feudal ya estaba hecho”.

Los pilares de la Iglesia y el feudalismo se desplomaron después del colapso del Imperio Romano y del periodo Carolingio; el campo quedó abandonado; el gran comercio de la lana emergió y la visión en la sociedad quedó centrada en el individuo y ya no en Dios.

Por lo que hubo menos curas, se relajó el sistema de ordenamiento y ya no tenía la misma calidad moral ni el prestigio para apoyar.

Entre los aspectos positivos destacan el desarrollo de la ciencia médica; la proliferación de la anatomía y la fisiología; un cambio significativo en las artes; el disfrute de mayor riqueza por los sobrevivientes; el mejoramiento de la higiene y las técnicas de agricultura; el distanciamiento entre los animales y las viviendas, y el avance del comercio y la navegación.

En un comparativo con la situación por el virus SARS-CoV-2, el investigador refirió que la densidad de la mortalidad ha sido menor, pues en aquel periodo falleció cerca de la tercera parte de los 80 millones de habitantes de Europa antes de la plaga.

Ahora se calcula que cien de cada cien mil personas han perdido la vida, lo cual quiere decir que “podemos contabilizar para estas épocas poco menos de dos millones de defunciones, que equivalen a 0.3 por ciento de la población mundial –7,500 millones– aun cuando la gráfica asciende y si la vemos día a día, sobre todo en México, no sabemos hasta dónde llegará la cifra”.

El doctor Mandujano Valdés sostuvo que lo que prevalece son la incertidumbre y el desconocimiento alrededor de la enfermedad, debido a que tiene formas diferentes de actuar en cada organismo.

“Cada quien analizará si ha perdido o no el sentido de la vida ante lo que estamos atravesando; qué será nuestra cotidianidad ante la nueva normalidad, y cómo se podrá reconstruir una sociedad una vez que pase o no la contingencia, y aquí la línea central será qué sucede con las sociedades cuando hay una mortalidad tan devastadora como las que hemos mencionado”.

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