Diego Ríos

“Mujer que sabe latín no encuentra marido ni tiene buen fin”, reza uno de los muchos proverbios sexistas que pueblan el refranero mexicano. Esta frase en particular nos recuerda el prejuicio de que el ámbito propio de las mujeres no es la educación ni la cultura, que quienes insistan en seguir por este camino nunca se casarán (ideal de la realización femenina) y, para colmo, terminarán mal en la vida (solas, despreciadas, marginadas).

De hecho, fuera de Sor Juana (quien, por cierto, tampoco tuvo “buen fin”, pues fue castigada prohibiéndosele volver a tomar la pluma), las mujeres mexicanas que escribían, publicaban y cuya obra resultaba significativa, eran muy pocas hasta mediados del siglo XX.

En efecto, es sólo a partir de los años cincuenta del siglo pasado es cuando comienzan a proliferar entre nosotros los nombres de autoras cuya obra posee valor por derecho propio y ocupa un lugar de privilegio dentro de un canon dominado hasta hace poco por los varones.

Este es el tema del libro Del estruendo al silencio. Cambios en la escritura de las mujeres a través del tiempo, publicado recientemente por la UNAM dentro de la colección El estudio. Su autora, la ensayista y escritora Sara Sefchovich, emprende la tarea de analizar la progresiva visibilización de la escritura de las mujeres, no sólo como un acto de elemental justicia, sino también como un esfuerzo por reflexionar sobre las posibles diferencias entre lo que escriben las mujeres y los hombres.

Dicho en palabras de Sefchovich, el objetivo conste en conocer a las escritoras, “rescatarlas de la oscuridad o del franco olvido”, pero también “pensar sobre si la literatura femenina es diferente a la de los hombres, y en caso de que lo sea, en qué consiste su diferencia”.

Mediante una prosa que combina la claridad con la provocación, y recurriendo en todo caso a argumentos bien fundamentados, Sefchovich emprende la tarea de hablar de las mujeres que escriben, de sus temas, intereses, obsesiones y logros. Todo ello sin caer en idealizaciones ni prejuicios sexistas “a la inversa”.

Respecto a esto último, la autora cuestiona a la actual moda que consiste en asignarles valor literario a muchas escritoras sólo por el hecho de ser mujeres. ¿Por qué se volvió correcto cultural, ideológica y políticamente ya no sólo tomar en cuenta a las mujeres que escriben, sino incluso adularlas?

Sin perder de vista en ningún momento la conciencia crítica, pero adoptando un espíritu reivindicatorio, Sefchovich trae hasta nosotros la figura y las opiniones de infinidad de mujeres que, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, se preguntaron sobre el porqué, el para qué y el sobre qué escribir.

El libro reúne, así, opiniones de autoras de todo el mundo, con énfasis particular en las latinoamericanas (y más específicamente en las mexicanas) sobre el cultivo de las letras como un derecho, un deber y un placer.

Pero Sefchovich no se limita a reunir las voces de distintas autoras, sino que reflexiona con profundidad sobre el sentido y significado de esas voces. Entre las conclusiones a las que llega la ensayista está la especificidad de la escritura de las mujeres. Existe en efecto, “una literatura de mujeres y que ella es diferente a la literatura que escriben los hombres. Y lo es, porque cada ser humano nace y vive en un momento histórico, un lugar social y cultural, con su carga de códigos, esquemas, relaciones de poder, convenciones, tradiciones y lenguaje y con esto cargan por igual los hombres y las mujeres. La literatura de las mujeres es diferente de la que escriben los hombres, porque está escrita desde el punto de vista con que ve la vida la mujer, desde el lugar en el cual ella se apropia de la realidad y la transforma en subjetividad”.

Sara Sefchovich.

Sara Sefchovich Wasongarz (2 de abril de 1949) es una socióloga, historiadora, escritora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista mexicana, autora de quince libros y múltiples artículos en periódicos y revistas. Su primera novela, Demasiado amor, publicada en 1990, la hizo merecedora del Premio “Agustín Yáñez” y fue llevada al cine en 2002. Publica una columna en el periódico El Universal desde hace más de veinte años.

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