Eduardo Poot

La sobrecarga de trabajo y el confinamiento social obligatorio ha provocado la disminución de la felicidad y al aumento de incertidumbre, miedo, estrés, falta de sueño, depresión y sentimientos de culpa entre la comunidad universitaria, señalaron participantes en el Conversatorio Diagnósticos y evidencias sobre afectaciones a la salud mental durante la COVID-19, organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

El aislamiento para evitar la transmisión del virus SARS-CoV2 implementado en la UAM –igual que en otras instituciones de educación superior– ha llevado a que muchos jóvenes se enfrenten al llamado síndrome de burnout, que es una respuesta de agotamiento del organismo derivado del estrés en su fase aguda.

Si esta demanda sobrepasa un determinado tiempo –entre uno y tres meses– habrá una situación adversa por las limitaciones económicas y sociales derivadas del encierro, sostuvo el doctor David Rodríguez Medina.

“Diferentes problemáticas son las que pueden activar los sistemas nervioso central y periférico, endocrinológico e inmunológico para derivar en estrés y malestar”, afirmó el profesor investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa.

Cuando las horas de trabajo y estudio se incrementan de manera drástica y producen tensión es recomendable salir a caminar, realizar algún tipo de ejercicio como yoga, siempre manteniendo las medidas de higiene recomendadas: lavado de manos, sana distancia y utilización del cubre bocas fuera de casa.

En la Unidad Iztapalapa alumnos de Psicología Social previamente capacitados realizan acompañamiento psicosocial a distancia mediante llamadas telefónicas a personas de ciertas comunidades que históricamente han sido marginadas.

“Entrenamos a nuestros estudiantes a hacer esa valoración psicométrica a personas que cuidan de pacientes con enfermedades crónicas no transmisibles, en términos de regulación emocional”.

Con herramientas metodológicas sencillas aplicadas a distancia se atiende a personas que puedan presentar problemas de salud física o emocional, en este caso asociados a la falta de interacción social debido a las limitaciones impuestas por el confinamiento, en tanto aquellas más afectadas son canalizadas a servicios de atención psicológica a otro nivel.

“La idea es hacer un diagnóstico lo más preciso, breve, sencillo pero certero para determinar cuál es la necesidad de cada persona que atendemos”, resaltó el académico.

La doctora Verónica Reyes coincidió en que los alumnos de la Universidad Autónoma de Guanajuato campus León –donde es investigadora– presentan miedo, estrés, angustia, desesperación y ansiedad ante ciertas ideas respecto de lo que está ocurriendo, sobre todo porque priva la inseguridad por perder el semestre.

“No están satisfechos, están frustrados, no saben hacia dónde van, pero sobre todo la falta de integración intergrupal está bajando el extra que, en otras circunstancias podrían dar, lo cual puede llevar a varios de ellos a abandonar sus estudios”.

La doctora Vicenta Reynoso Alcántara refirió también que prevalece la frustración e incertidumbre porque los jóvenes no saben cuándo terminara la pandemia, sobre todo para aquellos que trabajaban y el confinamiento ha limitado el ingreso económico en los hogares.

La sobrecarga de trabajo para el estudio, dado que ahora tienen que pasar más horas frente a la computadora, el no poder salir a la calle o la pérdida de algún miembro de la familia ha derivado en un decremento de la felicidad, afirmó la académica de la Universidad Veracruzana campus Jalapa.

El Conversatorio Diagnósticos y evidencias sobre afectaciones a la salud mental durante la COVID-19, que forma parte de la Primera Semana Universitaria de Bienestar Comunitario y Salud Mental: respuestas ante la COVID-19, fue moderado por la alumna Itzel Castillo.

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