Santiago Poot

Aun cuando históricamente la población femenina ha reivindicado derechos y espacios, todavía existe un esquema de mecanismos que la constriñen en el ámbito laboral como consecuencia de una violencia estructural, advirtió la maestra Quetziquel Flores Villicaña, investigadora del Departamento de Derecho de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). 

Ese flagelo en el contexto del trabajo ha sido interiorizado y asimilado por la sociedad y tiene permanencia, debido a que proviene de una concepción cultural, mientras que el término de violencia estructural se aplica a aquellas situaciones que producen daño y afectan satisfacciones humanas básicas: supervivencia; acceso a la formación; condiciones igualitarias; identidad, y libertad.

También se sitúa en las instituciones y en los ámbitos político, económico y social, en los que son establecidas posiciones de género y roles impuestos a las mujeres, que son consideramos específicos de ellas al comprender circunstancias y áreas laborales diferentes y con un ejercicio muy limitado, lo que se arraiga en la familia, afirmó la académica de la Unidad Azcapotzalco.

A lo largo de la historia, las mujeres han permanecido en niveles de subordinación dentro del hogar, lo que ha influido en la división del trabajo –de carácter sexual y no natural– colocándolas en las esferas de los cuidados, la atención, la alimentación y la reproducción.

Aun cuando existen convenios, normas constitucionales y leyes, por ejemplo, el artículo 123 de la Ley Federal del Trabajo y el Convenio 111 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la fecundidad y las responsabilidades asignadas –entre otros factores– resultan en experiencias diferenciadas, tanto en su desarrollo como en oportunidades.

Entre las violencias que padecen están el hostigamiento sexual –basado en el ejercicio del poder– y una relación de sujeción de la víctima al agresor, con atenciones sexuales no solicitadas, bromas, insinuaciones o comentarios impropios sobre su cuerpo o vestimenta.

Además enfrentan acoso sexual, en el que si bien no existe la dependencia hay un proceder abusivo del poder que lleva a la víctima a estados de indefensión y riesgo. La precarización del empleo femenino resulta de la necesidad de hacer frente a las responsabilidades impuestas por la sociedad, aceptando jornadas flexibles, salarios bajos y contrataciones temporales.

Flores Villicaña refirió que cada día más mujeres llegan a puestos estratégicos, pero “no hemos conseguido paridad y es un tema prioritario hablar de las distancias que tenemos en el trabajo de ellas frente al de ellos, en horarios, sueldos, formación y toma de decisiones”.

Por todo esto es necesario un cambio cultural para llegar a un mercado laboral con una nueva mentalidad, que permita a las mujeres ocupar un puesto digno y en igualdad de oportunidades para el desarrollo de sus capacidades, concluyó.

La especialista dictó la Conferencia: A un año del 8-M y del 9-M. Hablemos de los derechos de las mujeres, al participar en el Ciclo: De mujeres, para mujeres: Semana de la mujer, queconcluyó este 12 de marzo.

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