Diego Ríos

¿Por qué no sabe todo el mundo que los anticonceptivos orales tienen su origen en México?, ¿Por qué persisten algunas narrativas históricas mientras que otras languidecen en el olvido? Estas dos preguntas fueron el principio de la investigación que da origen al libro “Laboratorios en la selva, campesinos mexicanos, proyectos nacionales y la creación de la píldora anticonceptiva” (Fondo de Cultura Económica, 2021), donde Gabriela Soto Laveaga, da cuenta de uno de los inventos médicos y científicos a nivel global más importantes del siglo pasado, pero del que poca gente sabe que México el centro de todo.

A finales de la década de 1940, el barbasco, un tubérculo que crece en las selvas del sureste del país, se convirtió en un recurso valioso como materia prima ideal para la creación de esteroides sintéticos.

Como cortisona sintética, el barbasco alivió a millones de personas que sufrían de artritis reumatoide. La investigación que el químico mexicano Luis Ernesto Miramontes llevó a cabo con diosgenina generó lo que él, en un principio, creyó que era una sustancia que evitaría que las mujeres embarazadas experimentaran abortos espontáneos (pero irónicamente, resultó ser la base para los anticonceptivos orales). A pesar de esta historia, pocos en la actualidad asocian a México con la producción de hormonas esteroides.

Carlo Djerassi, uno de los descubridores de la píldora escribió en sus memorias: «Syntex (el laboratorio), como compañía, y México, como país, merecen todo el crédito como el sitio institucional donde se logró la primera síntesis química de un esteroide anticonceptivo oral».

«La ciencia no solo se consume en América Latina sino que se produce allí».

Gabriela Soto Laveaga.

En la década de 1940, cuando el mundo entero buscaba afanosamente sustancias que permitieran sintetizar en el laboratorio hormonas esteroides humanas como la cortisona y la progesterona (en esos años se extraían de ovarios de puerco, testículos de toro u orina de caballo o yegua), los químicos descubrieron que una humilde raíz silvestre mexicana, el barbasco, producía grandes cantidades de diosgenina, un notable precursor de hormonas que permitió por fin la producción barata y masiva de la progesterona, lo cual derivó en la creación de la píldora anticonceptiva. La demanda de barbasco por parte de empresas farmacéuticas se incrementó a tal grado que el gobierno mexicano, en un afán por explotar el recién descubierto «oro verde», monopolizó la producción de barbasco y diosgenina. Este hecho llevó a México, y a los campesinos mexicanos, a asumir un papel preponderante en la industria farmacéutica mundial.

Gabriela Soto Laveaga.

Gabriela Soto Laveaga es historiadora, especializada en historia de México e historia de la ciencia. Tiene un doctorado por la Universidad de California, San Diego. Actualmente es titular de la Cátedra Antonio Madero para el estudio de México y profesora de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard.

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